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Los
distintos componentes del vino tienen dos orígenes principales: un origen
vegetal, pues proceden de la uva y se encuentran ya en el mosto; otro viene
la fermentación alcohólica, proceso desarrollado por las levaduras
y que básicamente consiste en la transformación de los azúcares
de los mostos, en el alcohol y otros compuestos de los vinos. Un tercer origen
que poseen algunos componentes de numerosos vinos son los derivados de la crianza
en madera de roble y de su envejecimiento en botella, donde el vino continúa
transformándose.
Estos componentes los podríamos agrupar en función del sabor que
aportan al vino, y así tendríamos los siguientes grupos:
En este grupo se incluyen los azúcares y numerosos alcoholes. Los azúcares, que provienen de la uva, se encuentran en todos los vinos con cantidades que varían desde menos de 1 gr./l para algunos vinos secos, hasta más de 300 gr./l en algunos dulces. Además su escasez o abundancia produce sensaciones de sequedad o de untuosidad en boca. Los alcoholes también aportan sensaciones de dulzor, suavidad, aunque en exceso produce calidez y causticidad. Los más importantes son el etanol, la glicerina y los alcoholes superiores, soporte en gran medida de los diferentes compuestos aromáticos.
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Dentro del conjunto de ácidos que encontramos en el vino, habría que destacar el tartárico, málico y cítrico (de origen vegetal), junto con el láctico, succínico y acético (de origen fermentativo). Cada uno de ellos aporta una característica al vino: acidez (tartárico), verdor y algo de astringencia (málico), frescor (cítrico), suavidad y armonía (láctico), un raro sabor ácido-amargo-salado (succínico), y un no muy recomendable sabor avinagrado (acético). Todos ellos conforman la acidez de un vino, responsable de la viveza de los colores, de su estabilidad físico-química y biológica y por lo tanto de una mayor longevidad.
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Se produce por la presencia, aunque escasa, de sales orgánicas y minerales. No aportan mucho sabor al vino salvo en el caso de la Manzanilla de Sanlúcar, los txacolís y algún que otro vino producido junto al mar, pero a pesar de su escasez actúan como potenciadores de otros sabores.
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Producidos por los diferentes compuestos fenólicos originarios de la uva, taninos, materias colorantes (polifenoles), etc. Además del sabor amargo aportan astringencia, la cual origina contracciones de la mucosa bucal que produce sensación de sequedad y dureza.
Además de estos compuestos sápidos, gran número de componentes del vino son volátiles, es decir de carácter aromático, y que se pueden agrupar en frutales, florales, vegetales, etéreos, especiados, balsámicos, animales, minerales, empireumáticos (tostados, caramelo, silex, pólvora, cuero, café, cacao), etc...
Afortunadamente el concepto de vino va mas allá de la simple definición
legal. No puede ser únicamente una agrupación accidental o coyuntural
de componentes. Como indicábamos al principio, el vino es parte esencial
de nuestra cultura, tanto para hacerlo como para beberlo. Y es el hombre, quién
con sabiduría, introduce un orden y equilibrio que armonizan estos compuestos,
transformando una simple y agradable bebida en una sublime y placentera obra
de arte.